La sinfonía de Dios en la poesía de André Boniatti

La sinfonía de Dios en la poesía de André Boniatti
Dra. Edina Boniatti
En el principio no era el verbo, era el silencio, que lentamente se fundió en una “canción con arreglos complejos e simples”. La palabra articulada no existía; pero, el universo ya entonaba su verdad, ungido por la energía primordial que lo hizo pulsar. Dios, bajo la óptica de la poesía de André Boniatti, deja de ser un severo juez sentado en un trono dorado para convertirse en un vibrar puro, una nota musical que sostiene toda la arquitectura del vacío. No obstante, esta embriagadora melodía desafía la limitada audición humana, “tan sorda a nuestros oídos, como ruidosa a todo el Universo”, lo que revela nuestra profunda sordera sensorial ante la extraordinaria performance de la creación.
Esta materia telúrica, el “barro” que nos diseñó, frecuentemente nos ancla a una percepción rasa, distanciándonos de la “absoluta verdad, que jamás nuestros comunes sentidos han de sentir”. Aun así, ese distanciamiento es una ilusión de nuestra carne. En la obra poética El Manantial del Rocío, lo sagrado no es un destino distante, sino una frecuencia que nos atraviesa; habita nuestro cuerpo humano por completo, desde el menor microorganismo y las células que lo componen. Y, trasbordando lo biológico, alcanza el espíritu, el núcleo de nuestros sentires e ideas. Este sagrado, no obstante, no pertenece solo al mundo humano; atraviesa aquello que, a veces, inferiorizamos y lanzamos a la esfera de lo banal, revelándose así “en los pájaros y en los perros, y en las lechugas”.
Aquí, la reflexión rompe con la vanidad humana. Hay una santidad en la clorofila y en el instinto que ignora la moralidad de los hombres, pero obedece a la armonía del cosmos. Esta visión crítica nos invita a una humildad esencial: si la divinidad es vibración, está tan presente en la célula vegetal como en la sinapsis humana, pues ambos son solo diferentes timbres de la misma “melodía a sonar inmensamente pacífica y destructora en las puntas”. Dios es, por lo tanto, el equilibrio tenso de esta canción eterna: el consuelo de la paz absoluta y el rigor de la destrucción necesaria en las extremidades del ser. Somos el instrumento y el soplo, la nota grave y la aguda, intentando traducir en palabras lo que solo puede ser verdaderamente comprendido cuando nos permitimos, al fin, vibrar.
Sin embargo, esta melodía, que debería ser “libre y gratuita”, enfrenta el coro disonante de la ignorancia y la exclusión. En esta perspectiva, el análisis crítico de la creación no puede ignorar que el mismo universo que vibra en paz es el escenario en el que “el imperio romano a cristianos perseguía”, “Hitler se deleitaba” esparciendo sus convicciones de superioridad y aniquilación, y América Latina era invadida, agredida, silenciada e impelida a postrarse física y moralmente, eliminando sus formas de vida, sus expresiones culturales y existenciales. Así, el fascismo no ha muerto, pues se manifiesta en los intentos de silenciar la canción del otro, de reducir la inmensa variedad de la vibración divina a un mundo “pequeño y solo suyo”, un mundo represivo y sin la singularidad de los matices.
André Boniatti, en esta obra, lanza el grito de quien fue niño y se escondía en las sombras, conociendo — cara a cara — la “esquizofrenia y la gran agonía”; y cabe notar que ambas nos revelan la faz más sombría de la creación: el momento en que el vibrar y el dolor se funden y se confunden. Así, observamos líricamente el proselitismo estúpido intentando amordazar la alegría con reglas inútiles. Cuando, en realidad, al predicar la supuesta palabra divina, ese proselitismo está silenciando a Dios, porque el Dios que habita en tronos distantes y exige adoración servil es un “Dios atemorizante y espantoso”, muy distante de aquel que pulsa en el “plumaje de los gatos” o en la fraternidad de un Jesús que parece haber sido olvidado o transformado por los hombres al molde de las ideologías maniqueístas.
Así, en una reflexión dolorosa y visceral, el texto de André nos conduce a un infierno que no es fuego demoníaco, sino representativo de la demonización de la hipocresía de aquellos que desean el sufrimiento ajeno. Entonces, el poeta desahoga, afirmando que si el cielo fuera la copia de un mundo hétero, cristiano y burgués, Dios no lo merecería allí. Por eso, la santidad no está en la misa, sino en la conversación franca con la santa del altar que, en realidad, “está esparcida en las estrellas y en las piedras”. Lo sagrado es artesanal; arte en su pura esencia. No puede comprarse en vitrinas; se construye “con las manos libres y gratuitas”, heredadas de un don divino que es, en esencia, justicia e igualdad.
Por lo tanto, este análisis de la creación nos orienta a entender que el corazón no está en el pecho, sino en las manos que construyen, de modo que la vibración divina completa su ciclo cuando nuestras manos — las mismas que pueden torturar en sótanos — eligen, en cambio, la caricia, el salvamento y la edificación. Dios es la verdad absoluta que se manifiesta cuando nos negamos a ser el “apocalipsis zombi de la poesía” y pasamos a ser el propio ritmo de la vida que se entrega.
De este modo, la verdadera caída del hombre no es el pecado original, sino la arrogancia contenida en su ego, pues, enclaustrados en la introspección orgullosa, los hombres se vuelven “disléxicos y retraídos”, incapaces de leer la partitura del otro. La crítica aquí se convierte en una súplica por la humanidad: antes de ser cristianos, necesitamos entender al plebeyo nazareno, aquel filósofo del corazón y de la inteligencia que no veía diferencias entre la medida de sí mismo y la medida del otro. El Dios que vibra en el universo es el mismo que exige que no miremos de soslayo, sino que entendamos, en su profundidad, el “término ‘gente’ en el silencio de la gente”.
Esta percepción transforma la fe en algo vivo y peligroso: “una caricia de cariño y una espada en la otra mano”. No es una fe pasiva, de quien “desexiste” ante la televisión, desintegrándose en futilidades burguesas y compras vacías. Es una fe que encara fusiles con una regadera en la mano, que hace brotar la “realidad-flor” sobre la tierra agrietada por la estupidez humana, para lograr que, mientras el mundo se pierde en cosas pequeñas, el alma se sintonice con la creación y piense en volar.
En este punto, la poesía de Boniatti alcanza su ápice místico: el yo deja de ser un nombre — “¡mi nombre no es André!” — para convertirse en un flujo eterno de quien comprende que el vibrar de la vida es el propio “principio de todas las cosas”. Si la eternidad es lo que nos compone, la muerte se convierte apenas en una transición de nombres y lugares. Habitar el universo es entender que la casa de los padres es demasiado pequeña; nuestro verdadero hogar es la “membrana que se extiende hasta diluirse”. Así, habitar la multiplicidad es ser mayor. Es respetar a griegos y troyanos, prostitutas y mendigos, plantas y cielos, vislumbrando que el “ser” — mediante la ruptura con el mecanicismo que nos reduce, como plantea Heidegger — debe orientar la finalidad de la existencia humana.
Algunas corrientes filosóficas y teológicas, en su miopía compartida, toman el Big Bang como punto de partida y de llegada. Por consiguiente, la obra en cuestión nos alerta sobre otra percepción: la de que, más allá de esa explosión, pulsa “otro Big Bang”, y otro, en una sucesión de nacimientos que ignora los límites de nuestra teología rastrera. Dios no es un evento histórico; Él es la “tensión continua” que sostiene dimensiones más allá de lo que nuestros ojos velados pueden captar.
Por último, es pertinente observar que la jornada poética que atraviesa desde el sonido de las galaxias hasta el silencio de la lechuga no es solo un ejercicio estético; es una profunda tesis filosófica. Al afirmar que Dios es una “tensión continua” y que habita en la multiplicidad de la vida, la poesía de André Boniatti reconcilia el orden eterno de Spinoza con el flujo creativo de Nietzsche. Si nos anclamos en la filosofía de Spinoza, vemos a Dios no como un arquitecto externo, sino como la propia sustancia que compone la realidad. Deus sive Natura, afirma el filósofo en su Ética, demostrada según el orden geométrico. De este modo, cuando la obra evoca que Dios está “esparcido en las estrellas y en las piedras” y que habita incluso en las máquinas, recupera evidentemente la doctrina de la sustancia única spinoziana.
En esta visión, la “tensión” sonora es la propia esencia divina que se expresa de infinitos modos. No hay jerarquía: la vibración en la sinapsis humana es la misma que sostiene todo el universo. La crítica al "proselitismo estúpido" y al "Dios atemorizante" es una denuncia al molde spinoziano: la superstición crea un Dios a imagen de nuestras pasiones (miedo y esperanza), mientras que el Dios verdadero es la libertad de ser, una fuerza que no exige adoración, sino inmersión sensorial en el acto de vivir.
Es importante resaltar también que, si Spinoza nos da la estructura de la vibración, Nietzsche nos da su intensidad. La concepción de una melodía que es “imensamente pacífica e destructora en las puntas” es ampliamente dionisíaca. La perspectiva de Nietzsche nos conduce a ver la vida como un conflicto de fuerzas, una música que necesita de la destrucción para generar lo nuevo. Por lo tanto, el grito a la “muerte fascista” y a la “hipocresía mezquina” de la religión institucionalizada es el eco de Zaratustra anunciando la muerte del Dios moral. El Manantial del Rocío rechaza el cielo burgués — ese “mundo para unos pocos” — en favor de una vida plena en la tierra. Al decir “yo soy el principio de todas las cosas”, el poeta asume el papel del Übermensch (Suprahombre): aquel que no se arrodilla ante valores heredados, sino que crea su propia vida de forma artesanal, con las “manos libres y gratuitas”.
Disponible en Amazon y Clube dos autores.
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